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SALVADOR JOSÉ BENEDITO tiene 64 años y es gerente de Cerámica Sajironda SL, (también conocida como la antigua Fabriqueta), desde que tenía 14, aunque sus primeros recuerdos, tal y como él mismo indica, son de cuando jugaba de niño con el barro que usaban sus padres para elaborar piezas cerámicas artesanales. La de Salvador ha sido, en definitiva, toda una vida dedicada a un sector que ha sentado las bases de la actual industria azulejera ondense y, precisamente en reconocimiento a esa biografía, el Ateneo Cultural y Mercantil de Onda le hizo entrega el pasado viernes del premio anual Seny Onder.


GALARDONADO CON EL SENY ONDER 2006
“Creo que ya nos lo merecíamos, ¿no?”
 


¿Qué fue lo primero que pensó cuando le comunicaron la noticia del premio?
Pues la verdad, me sentí muy orgulloso y emocionado y pensé algo así como que “ya iba siendo hora, ¿no?”.
Se trata de un premio a la trayectoria de toda una vida empresarial de una firma que jamás ha cerrado sus puertas a pesar de los avatares, ¿no es cierto?
El fundador de La Fabriqueta, José Diago, la puso en marcha en 1889 y su hijo continuó con ella aunque la renombró como El Águila. Yo soy la tercera generación de la familia que finalmente la gestionó, a partir de 1934. Sin embargo, al poco tiempo de arrancar de nuevo con el negocio hubo que cerrar, durante la guerra civil. Aún recuerdo cómo tuvimos que esconder la mercancía pero los soldados la descubrieron y la destrozaron, por lo que tuvimos que empezar de nuevo desde cero. Han sido muchos años, muchas etapas y muchas historias para el recuerdo, pero ahora, su final definitivo ya se acerca porque el año que viene me jubilo.
Y después de usted, ¿no habrá continuación?
Familiar no, desde luego, porque mis hijos no van a seguir con ella y traspasarla lo veo difícil en los tiempos que corren. La cerámica artesanal está en desuso porque es mucho más rentable y sencillo trabajar en una azulejera. Éste es un negocio que mantengo por el cariño que le tengo después de haber estado aquí desde que nací, por tradición, pero no porque me dé beneficios, a pesar de seguir trabajando doce horas al día en él. Pero ya hace tiempo que no da para vivir, solo para sobrevivir, porque no hay ganancias.
¿Cree que no hay ninguna fórmula para mantenerlo abierto, como pedir ayudas al Ayuntamiento, convertir el lugar en un museo etnológico, publicitar más sus productos, asociarse con otros talleres... ?
No. Soy pesimista en este sentido porque veo cómo están las cosas y creo que todo sería inútil. Opino que ninguna de las alternativas sería rentable. Al consistorio no creo que le interesara revivirlo. ¿Museo etnológico? A mí me encantaría explicar a cualquiera cómo cocíamos las piezas en el horno moruno, que aún se conserva casi intacto; las balsas en las que depurábamos el barro; los tornos de pie que utilizábamos para darles forma, etc., pero nada tiene ni la mitad de valor si no se ve a la gente trabajando. En cuanto a asociarse, también lo veo difícil, porque incluso entre los propios artesanos de Onda existe demasiada competencia.

EL SECTOR, HOY
“Antes, regalar cerámica era un signo de distinción”
 


¿Es que ya no se valora lo artesanal?
En este campo ya hace tiempo que no. Antes, la costumbre era regalar vajillas, jarrones, macetas... Cualquier artículo de cerámica hecho a mano era signo de distinción, sin embargo, hoy ni siquiera se valora el tiempo que se invierte en hacer una pieza. Los pocos que entran a comprar algo ven los precios y se asustan, dicen que está todo muy caro sin ni siquiera pensar en lo que cuesta comprar la materia prima y las horas que se pasa en pintar cada una de las piezas y después cocerlas. Aparte, está claro que hoy en cualquier tienda se puede encontrar una mala copia de una pieza cerámica. Los chinos en esto nos están haciendo mucho daño.
¿Entonces, no hay futuro para el sector?
Quisiera poder decir que sí pero, visto lo visto, no puedo ser optimista en este sentido. Creo que lo que antes era un buen negocio, hoy es algo en vías de extinción.
¿Y de los buenos tiempos de La Fabriqueta, qué anécdota destacaría?
Quizás aquella del titánico pedido que nos hizo una monja de Cuba que quería 50 gigantescas vasijas para decorar el claustro de su convento, ubicado en La Habana. En esa época había tanto trabajo que en principio no quisimos atender el pedido y la remitimos a Manises, pero a los quince días volvió diciendo que un marqués cubano pagaría lo que fuese con tal de que hiciésemos las piezas nosotros y así fue. Tardamos todo un año en hacerlas, las cobramos a 2.000 pesetas cada una y después resultó que llegaron a Cuba justo con la revolución de Fidel Castro. Nunca supimos si llegaron a su destino o no.
El año que viene, cuando se jubile, ¿no echará de menos todo eso?
Evidentemente. Cuando llegue ese momento y salga por esa puerta para cerrarla para siempre, será una imagen tan dolorosa que ni siquiera quiero pensar en ella.




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Federico Canelles Roca
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